| El testimonio de Ely |
| Martes, 03 de Abril de 2007 09:43 | |||||
Coincidió además que mis padres se encontraban de viaje por el norte, por lo que nunca supieron de esto, por lo ayudó a que pudiera llevar a cabo lo que venía pensando, nunca le conté nada a mi pololo porque sabía que no me apoyaría. Una amiga me ayudó a ponerme en contacto con la persona que me ayudaría a solucionar mi problema, fuimos a su casa, me dio a tomar una pastillas, y me pone en antecedentes de lo que me va a pasar, sino botaba nada tenía que volver al otro día, y así fue, volví al día siguiente y me inyectó, desconozco lo que fue, lo único que recuerdo que me sentí muy mareada y me desmayé, cuando reaccioné, me dice que el ya no puede hacer nada más, porque seguramente mi embarazo estaba muy avanzado. Por lo que me dice que así no puedo quedarme porque es muy peligroso y me pone en contacto con una matrona que hacía este tipo de trabajos pero se encontraba a 100 km de la ciudad en que yo vivía, ella me estaría esperando al otro día, ese día solo hablamos por teléfono con mi pololo ya que estaba en plenas pruebas y le dije que estudiaría, lo mismo para el día que tendría que viajar. Llegó el 13 de Diciembre y después de almuerzo partí a esa localidad, llegué a ese lugar, una enorme casona estilo alemán, allí en una habitación acondicionada para este tipo de consulta atendía esa mujer, matrona de profesión, pero que ya no ejercía. Después de una breve conversación, y pasados unos 45 minutos , ya había terminado todo, es decir, mi hijo ya no existía, por decisión mía, por el egoísmo y el temor de enfrentar esta nueva situación. Regresé a mi casa, manejando sola, mas tranquila, como si nada hubiera pasado, solo que cuando en la noche pasó a verme mi pololo tuve que contarle lo que había hecho, se molestó, gritó, lloró pero luego me abrazó y me prometió que jamás me dejaría sola , me pidió perdón por no haber estado para haberlo impedido.
Pasaron los años, el crecía sanito, hasta que llegó nuestra segunda hijita a colmar esta felicidad, pero siempre había algo en mí que no me permitía disfrutarla del todo, por mas esfuerzo que hiciera, cuando físicamente me sentía mal , los médicos no lograban encontrar nada, solo me decían que era psicológico, nunca entendí estos diagnósticos, ya que yo me sentía bien, solo que me costaba concentrarme, a veces lloraba sin razón alguna, sobre todo cuando pasaba mucho tiempo sola, lo que si recuerdo que habían fechas que me daban mucha pena, por ejemplo la navidad, lo asociaba a que todo el mundo compraba regalos y habían niños pobres que jamás recibiría alguno, en fin , casi todas las festividades yo las transformaba en tristeza, como así también las estaciones del año, sufría mucho cuando llegaba la primavera, me molestaba el sol, los días mas largos, eran meses en que no sentía ganas de nada. Pero en fin me fui acostumbrando así, hasta que hace unos años, por motivos laborales de mi esposo, nos tuvimos que trasladar de ciudad, allí estaríamos solitos, pero fue en este lugar donde pude experimentar por primera vez la presencia del Señor, comencé a asistir a grupos de iglesia, allí conocí a un sacerdote que por primera vez después de 15 años alguien me dice lo que a mi me pasaba, este sacerdote descubrió que el mal que me afectaba era que interiormente yo estaba recordando siempre a mi hijito abortado, como no había tenido las instancias para hablar, lo había guardado, pero mi cuerpo y mi alma sufrían, comenzó entonces a acompañarme en este caminar, lo primero que me preguntó si quería bautizarme, porque yo no tenía ningún sacramento, me bauticé al día siguiente en una misa recibí mi primera comunión, desde ese momento y por un período de un año no me dejó sola, logrando en mí el perdón tan necesario para la reconciliación., me hizo recordar cada momento, lloré, sufrí mucho, en alguna oportunidad pensé hasta no asistir más por lo cruel que resultaba cada encuentro, pero iba igual, me hizo tocar lo mas profundo de mi ser, desde ahí me ayudó a levantarme, él me decía que eran necesario reconocer lo que había hecho para que desde ahí yo pudiera sanarme y así fue, ese mismo año le avisan que tiene que partir a otra ciudad, por lo que este acompañamiento se dio termino el día en que decidí confirmar mi Fe y dedicarme por entero a esta causa.
El amor misericordioso de Dios hizo maravillas en mí, hoy puedo reír, disfrutar la vida en los más mínimos detalles, he recuperado la alegría de vivir, el haberme perdonado me ha permitido también perdonar, porque aprendí a amarme y quien se ama a sí mismo es capaz de amar al prójimo y así me siento hoy, ahora la Navidad es una oportunidad mas que tengo de estar en comunión con mi hijito, que lleva por nombre Juan Andrés, cada 13 de Diciembre le celebro una misa en su recuerdo. Ely
|
|||||
| Última actualización el Martes, 03 de Abril de 2007 11:54 |





